Cuando la situación en la tierra que los vio nacer se vuelve insostenible, para muchos solo queda migrar en busca de una vida digna y con la esperanza de apoyar a los suyos. En ese contexto, el Perú recibió a más de un millón y medio de venezolanos, convirtiéndose en el segundo país del mundo con mayor número de migrantes de esa nacionalidad y escenario de la mayor ola migratoria del siglo XXI.
Llegar a un país desconocido con apenas una maleta y mucha incertidumbre no es sencillo. Sin embargo, miles de venezolanos hallaron en el emporio comercial de Gamarra una oportunidad para salir adelante. Entre talleres, tiendas y emprendimientos, no solo encontraron empleo, sino también un espacio para reconstruir sus vidas y, en muchos casos, formar lazos afectivos que los anclaron definitivamente al país.
Uno de esos testimonios es el de Jesús, quien llegó al Perú hace ocho años con el objetivo de ayudar a sus padres. Empezó vendiendo pan en los cerros, pasó por diversos trabajos y finalmente se enamoró del mundo textil en Gamarra. Allí conoció a su esposa peruana, con quien formó una familia y levantó su propia marca de ropa. Hoy asegura que el Perú dejó de ser su segundo hogar para convertirse en su casa, aunque reconoce que el sacrificio de dejar a su familia en Venezuela estuvo marcado por el dolor y la nostalgia.
AMOR Y SACRIFICIO
Historias similares se repiten en jóvenes profesionales y creativos como Yanelis y Ali, quienes también migraron siendo muy jóvenes y enfrentaron rechazo y xenofobia. Con esfuerzo, talento y constancia, lograron abrirse paso en el competitivo mercado textil, incluso generando empleo para otros migrantes. Sus relatos reflejan que detrás de cada partida hay amor, sacrificio y esperanza, y que, aunque muchos lograron hacer del Perú su hogar, nunca dejan de llevar a Venezuela en el corazón.


